El orgullo es un sentimiento que aparece cuando reconocemos nuestro propio valor, cuando somos capaces de mirar aquello que hemos conseguido y sentir satisfacción por nuestro esfuerzo, nuestras decisiones y por la persona en la que nos hemos convertido.

A veces relacionamos el orgullo con algo negativo, con creernos mejores que los demás o sentirnos superiores. Pero existe otro orgullo mucho más bonito: el orgullo personal, ese que no necesita comparaciones ni reconocimientos.

Sentirnos orgullosos de nosotros mismos no siempre es fácil.

Muchas veces somos capaces de reconocer los logros de los demás y, sin embargo, nos cuesta detenernos a valorar los nuestros. Nos exigimos demasiado, pensamos en todo lo que todavía nos falta y olvidamos mirar hacia atrás para descubrir cuánto hemos avanzado.

Y no deberíamos necesitar conseguir algo extraordinario para sentir orgullo.

Podemos sentirlo por haber tenido el valor de tomar una decisión difícil, por levantarnos después de un mal momento, por aprender de nuestros errores, por atrevernos a comenzar de nuevo o simplemente por no habernos rendido cuando las cosas no fueron como esperábamos.

Porque detrás de la persona que somos hoy hay mucho que los demás no pueden ver.

Hay decisiones, dudas, equivocaciones, aprendizajes, momentos felices y otros que seguramente hubiéramos preferido no vivir. Todo forma parte de nuestra historia y, de alguna manera, cada experiencia ha ido dejando algo en nosotros.

La fotografía de la portada de este artículo me hace pensar precisamente en eso.

Estoy sentada frente a la cámara, tranquila, mirando directamente hacia ella. No hay nada más que contar en la imagen y, al mismo tiempo, para mí dice mucho.

Simplemente soy yo.

La mujer que soy hoy, con todo lo vivido detrás y todavía muchas cosas por descubrir delante.

Y creo que aprender a mirarnos así también es importante. Sin buscar defectos, sin compararnos con nadie y sin pensar continuamente en quién deberíamos ser. Mirarnos alguna vez con cariño y reconocer todo aquello que hemos recorrido para llegar hasta aquí.

Con los años vamos cambiando. Cambian nuestros sueños, nuestras prioridades y nuestra manera de entender la vida. Algunas cosas que antes parecían importantes dejan de serlo y otras, mucho más sencillas, comienzan a tener un valor enorme.

Quizá madurar también consista un poco en eso: en conocernos mejor, aceptar nuestras imperfecciones y sentirnos orgullosos no solamente de nuestros éxitos, sino también de nuestras cicatrices, nuestros aprendizajes y nuestras pequeñas victorias.

No somos únicamente aquello que hemos conseguido.

Somos también todas las veces que lo intentamos.

Por eso, de vez en cuando, deberíamos detenernos y mirar nuestro propio camino con otros ojos.

No para pensar que somos mejores que nadie, sino para sentirnos orgullosos de todo lo que hemos vivido, de cuánto hemos aprendido y, sobre todo, de seguir siendo nosotros mismos.

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